El copyright del pirata

Del Caribe, de las Islas británicas, de Silicon Valley, de Berazategui o del asfalto. De donde sean, los piratas siempre estuvieron (y estarán) presentes. Desde Morgan hasta los founders de Cuevana, pasando por el Capitán Garfio de Peter Pan, la historia está llena de seres que hacen de sus días, un ir y venir con cosas que no son propias.

Durante mucho mucho tiempo, estos señores surcaban las aguas tormentosas en busca de sus víctimas. Hoy en día, alcanza con navegar en un océano mucho más pacífico: internet. Clics aquí, clics allá y listo.

La pregunta que tenemos que hacernos es: ¿Quién protege a los que generan contenido de calidad? ¿Existen leyes que resguarden a los autores de estos despiadados piratas modernos? Músicos, escritores, directores de cine, fotógrafos, poetas, humoristas. Todos estamos a merced de cualquier persona con acceso a internet.

Existen distintas posturas al respecto. Por un lado, las distribuidoras de contenido que tienen sus cuarteles generales enfocados casi exclusivamente en USA. Éstas dejan afuera al resto del mundo y hacen que, en países alejados del epicentro (para bien y para mal, USA es un epicentro de muchas cosas), no haya acceso al último disco, o película, o serie de televisión favorita. Entonces la justificación se encuentra al alcance de la mano (o del mouse): “Y bueno… no me queda otra que bajarlo”.

Los precios locales de cada país también son grandes impulsores de las descargas masivas. Cuanto más incrementen el precio al público de sus productos, más aumenta la probabilidad de que alguien decida aprender cómo descargar en forma ilegal el mismo material. El “costo hundido” del acceso de internet es una invitación.

Del otro lado del mostrador, hay que comprender que aquella máxima que dice “En Internet todo se consigue gratis” no es cierta. Es una de las grandes falacias instaladas que se han arraigado de una forma tal que es imposible desprenderse de ella.

Crear contenido tiene un costo de producción y es muy endeble el argumento que versa “Igual ganás plata con la publicidad”. Lo mismo ocurre con el axioma “Ya ganás plata con el CD, no me cobres la descarga”. No señor. Eso no es así.

Desde mi humilde silla creo que se trata de una cuestión generacional. Hoy por hoy a nadie se le ocurre desafiar el modelo de las librerías, ¿verdad? Cualquiera de nosotros vamos a las librerías, hojeamos algunos libros y a la hora de querer leerlo completo lo pagamos y nos lo llevamos. Yo no he escuchado a nadie en la caja de la libería espetando un “Esto me lo tenés que dar gratis”. Es inaudito de tan solo pensarlo.

Sin embargo, con los bienes digitales pasa eso. Visto de afuera y a lo lejos así se ven las argumentaciones por la gratuidad en internet.

Pero seamos serios: se piratea de todo. En Internet hay de todo: digital o no digital. La gente no está yendo al cine porque es más fácil bajarse una película y verla en el living. El problema es que en el 85% de los casos, la experiencia de ver una película pirateada incluye gente cruzándose en el camino (porque la película fue robada desde la butaca de un cine), mal sonido, malos subtítulos y un sin número de etcéteras más.

Mucha gente descarga “porque si” películas ilegales. Solamente por el solo hecho de que están disponibles, la gente ve películas que nunca en su vida verían. Eso puede ser bueno para el cineasta, pero no para el negocio cinematográfico.

La respuesta de la industria del cine fue el 3D y el sonido surround. Hoy por hoy, en algunos casos, la experiencia de ir al cine es inigualable. No es lo mismo ver películas en HD en la mejor pantalla, en el mejor living hogareño, con el mejor sonido home theatre que ver una buena película en 3D con el mejor sonido DOLBY STEREO. Y no estoy hablando necesariamente de películas de acción. Hoy en día el 3D se utiliza para incluir profundidad en escenas que, hace algunos años, era impensado tener. Es una capa más de pintura en un lienzo que era plano. No está mal. Es un muy buen caso donde el manotazo de ahogado sirvió para mejorar al producto.

Con la música es muy parecido, aunque más difícil de mejorar. Hoy por hoy, publicar en algún sitio los mp3 con los últimos discos del mercado no solo es muy sencillo sino que el resultado (en términos de calidad) es el mismo.. Entonces muchos artistas comenzaron a dar un “extra” que solo ellos pueden hacerlo: en algunos recitales, con el precio de la entrada te llevás el CD grabado en vivo minutos antes. El problema es que, de esa forma, el negocio no es escalable. ¿Cuántos cantantes existen que llenen estadios de 70 mil personas? Muy pocos.

La única solución es que un disco original sea lanzado en todos los formatos posibles a un precio muy (muy) aceptable, atendiendo las necesidades de cada mercado. No es lo mismo Nueva York que Lima. Paris que Buenos Aires. Es hora que lo entiendan. La tecnología para saber de dónde viene cada uno, existe. Se puede implementar.

Las ventajas de tener un producto (digital) original son abismales: soporte técnico adecuado, garantía de calidad. Un ejemplo: Apple, con su producto iTunes, ofrece para los usuarios que compren los temas allí, descargar en forma gratuita la mejor versión existente de cada uno de los temas pirateados por sus usuarios. Esto significa que, si usted tiene en su computadora un disco de los Rolling Stones en formato mediocre, Apple le descarga (en forma gratuita insisto) la mejor versión que tengan en su librería de música siempre y cuando sea cliente de Apple.

Una muy buena idea, ¿verdad?

Con los libros está más controlado. La era digital trajo, cual Papá Noel, el tema bastante resuelto: iPad, Kindle, tablets, desktops y demás hacen que sea muy buena la experiencia de lectura digital y, además, es bastante más barato comprarlos en esos nuevos formatos que en la libería de la vuelta de su casa. El por qué es simple: porque no hay impresión, no hay envío de mercadería, no hay stock.

¿La experiencia es la misma? Los fanáticos le van a decir, querido lector, que en un Kindle pueden guardar miles y miles de libros. Mi pregunta es: ¿a quién le importa, no es así? Yo no necesito 400 mil libros en la palma de mi mano. Necesito el libro que quiero leer, un café con leche (con 2 de azúcar) y un sillón cómodo. Y no pido nada más.

Es verdad que es mucho más sencillo conseguir el libro deseado en formato digital que en carne y hueso. Eso tiene que ver con derechos de distribución y costos asociados. En muchas ocasiones, un libro en la librería tiene un costo hasta 12 veces más caro que en Amazon.com

Lo cierto es que, en términos de piratería, los libros llevan una gran ventaja. Quizás haya que mirar un poco por ese lado e implementar alguna solución similar.

No nos engañemos: piratear es robar. Después podemos ponernos de acuerdo en todo lo demás. Pero partamos de esa premisa porque sino, nos estamos mintiendo en la cara.

La respuesta, creo, las tenemos todos al alcance de las manos. Se trata, ni más ni menos, que saber elegir. Tomar la decisión correcta: los consumidores podemos no consumir contenido que no sea original y que, sobre todo, no respete las leyes del copyright. Por otro lado, los creadores de contenido deberían pensar en abrir sus mentes a los (ya no tan) nuevos medios de distribución.

Es el famoso “ganar-ganar” del que hablan todos. Si nos quedamos donde estamos, seguiremos con el “perder-perder”.

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