
Cuando se conoció la noticia sobre la venta de Instagram, se levantó una polvareda digna de un pelotón de indios corriendo por el medio del desierto. Y esa polvareda, muy parecida a una cortina de humo. Un humo espeso. Un humo que confunde y que hace toser. Sobre todo a la industria (?) de internet local que se rasga las vestiduras ante cada emprendimiento exitoso que surje desde estas latitudes buscándole la falla, el tan mentado pelo al huevo.
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